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LA TELE-REALIDAD O LA ERA DEL “HIPER”

« Hay imágenes para ti ». Esta frase, pronunciada cien veces por Sandra Barneda, no solo se convirtió en una referencia imprescindible de la tercera temporada de la Isla de las Tentaciones sino también de cualquier conversación entre amigos últimamente. En pocos meses, este reality producido por Mediaset se ha convertido en un auténtico fenómeno España  y se ha convertido en una cita semanal para muchos españoles. Inspirándose en el « Temptation Island » estadounidense, este programa consiste en poner a prueba cinco parejas, separadas durante varias semanas en dos villas diferentes y acompañadas por una decena de tentadores por un lado y tentadoras por otro.

Tras dos temporadas de  notable éxito, la tercera de este reality show comenzó el 21 de enero en Telecinco, superando todas las expectativas. Si este programa aparece para muchos como el cáncer de la televisión ejerciendo una influencia peligrosa sobre los jóvenes, la Isla de las Tentaciones es el síntoma de una sociedad del « hiper » de la que nadie escapa y aparece como un reflejo distorsionado de la misma, pero no tan innovador como uno puede llegar a pensar.

 

¿Tele-realidad o hiper-realidad?

La telerrealidad no es solo un mero embrutecimiento: escenifica la realidad exagerándola, estirando todo su absurdo. Es « hiper » antes de ser « tele ». Más allá del debate moral sobre el peligro de la telerrealidad, LIDLT (La Isla de las Tentaciones) es un maravilloso espejo deformante de la hiper-sexualización de nuestra sociedad. Todo el reto del programa reside en la idea de transformar el vacío en intriga: charlas inutiles pero exageradas, comentarios de situaciones sin ningún acontecimiento particular, reacciones infundadas y excesivas cuyo único objetivo es la provocacción del otro. Los espectadores se habrá sorprendido en múltiples ocasiones por el giro de la trama ya que esta se basaba en… el vacío. Desde las primeras imágenes, el desconcierto de Lucia, o las primeras impresiones sobre los tentadores que inauguran la superficialidad del guión. Las numerosas escenas en las que los candidatos, tirados en los sofas, discuten de la fiesta del día anterior son imágenes evidentes de este vacío sideral que también afecta las mediocres logorreas  de los candidatos.

Sin embargo, la hazaña de este programa es el hecho de construir un relato basado en esta nada, caricaturando todo lo que puede ser caricaturizado, empezando por los cuerpos de los candidatos. La « hiper-estetización » de los cuerpos masculinos y femeninos —perfectos y operados— está marcada por el ritual casi sagrado de la sesión de belleza antes de cada hoguera. Esta hiper-estetización de los cuerpos no es nada más que un primer paso hacia la hiper-sexualización del programa. Y este fenómeno no es el resultado ni de la casualidad ni de la voluntad particular de la producción, no es más que el espejo deformante de una sociedad hedonista en la que la sexualidad había estado limitada por una rigurosa moral. El espectador entonces « Big Brother » asiste a la privación total de la intimidad de los candidatos: planos eróticos y escenas casi pornográficas, el concepto de hiper-sexualización se utiliza aquí en su sentido más fuerte como « proyecto de utilizar el sexo con fines comerciales ». La lógica de la audiencia es simple: mostrar para ganar. La telerrealidad no es entonces nada más que una hiper-realidad deformada a fines comerciales en la que las campanas de alarma de peligro habrá resonado muchas veces para los espectadores .

 

El enigma de su éxito

Porque la telerrealidad distorsiona la realidad hasta el punto de que los espectadores se complacen en esta ilusión, porque no se establece ningún limite moral ni se preocupa por las implicaciones sociales,  a menudo se le acusa de ser una verdadera plaga para los jóvenes. La telerrealidad es peligrosa en este sentido: reproduce y acentúa los estereotipos de género, estableciéndolos como cánones de belleza y hace de las relaciones amorosas la única preocupación legítima. Su éxito es una paradoja frente a la movilización feminista que se conoce en España, luchando por un deconstrucción del género que la mayoría de los jóvenes comparte.

La idea de que la telerrealidad es el símbolo de la decadencia de nuestra sociedad donde triunfa el entretenimiento  debe ser proscrita. Los más reacios observarán con desprecio la telerrealidad, considerándola como una programa basura y comercial. Pero sería una pena tirar al bebe con el agua de la bañera (o de la piscina). Parece misterioso que la Isla cause tal furor en España, siendo al mismo tiempo un programa más que censurable. Lejos de cualquier consideración despectiva del público, el enigma de su éxito radica sin duda en la creación de una cultura común, transgrediendo las esferas culturales. Mientras que la situación pandémica divide, aleja y aísla, este programa —por muy caliente que sea— ha estado a la altura del reto de unificar a pesar de su contenido mediocre.

Sin embargo, la clave del éxito de la telerrealidad se encuentra en otro lugar; no es un género tan innovador como puede parecer. Forma parte de las representaciones culturales y teatrales que pretenden pintar la realidad exagerando todos sus rasgos para reírse de ella y ridiculizarla. Volvamos a sacar nuestras clases de literatura, la sátira no es tan estéril y tiene incluso un uso individual y social. No voy a llegar a comparar la Isla con las Fourberies de Scapin (Los enredos de Scapin), por el vacío sideral del programa así como la pésima actuación de sus participantes… Pero la intención sigue siendo la misma. Todavía es necesario que en nuestra época el público tome todas las distancias necesarias para no caer en la oferta mercantilista de la era del « hiper »…

Anaïs Ponsin

Traduction : Nolwenn Klopp-Tosser & Ana Girón Esquerdo

 

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