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FRANCESES: ¿PERSONA NON GRATA EN EL BAR DE EUROPA?

Últimamente tengo endentido que a los españoles no les caemos muy bien, nosotros, franceses. En realidad, nunca tuvimos popularidad entre mucha gente: arrogantes, condescendientes, lejos de ser modelos a seguir en términos de higiene… En el extranjero, los franceses tienen mala fama. Y es con rigor casi metódico que respondemos a todos estos clichés. Erigiendo al gallo como rasgo de personalidad, tenemos poca simpatía por lo que nos es ajeno: despreciando insidiosamente el Sur de Europa y envidiando discretamente el Norte, tendemos a olvidar que pertenecemos al primer mundo lamiendo el trasero del segundo. Y además, no usamos bidé.

Es evidente que los españoles lo han entendido, y así lo demustran los resultados más frecuentes de Google al escribir « ¿por qué los franceses? » en la barra de búsqueda. « ¿Por qué los franceses son tan antipáticos? », « ¿Por qué los franceses inventaron el perfume? » son las preguntas que más intrigan a los españoles. En cuanto a la segunda pregunta, ya os podéis imaginar la respuesta.

Las polémicas de estos últimos meses no han ayudado mucho. El pasado mes de febrero, dos fiestas clandestinas de más de 70 invitados cada una fueron desalojadas por la policía nacional. ¿Que punto en común existe entre estas celebraciones? Ambas fueron organizadas por franceses en apartamentos turísticos. Desde entonces, la llegada de turistas provenientes del Hexágono se ha convertido en un hecho social. Examinado con lupa, el tema de la afluencia de turistas franceses no ha dejado de acaparar los platós de la televisión española. En las puertas del Terminal 4 del aeropuerto de Barajas (Madrid), los periodistas se acostumbraron a esperarnos, y a preguntarnos por los motivos de nuestro viaje. En los medios de comunicación, nuestros testimonios valen oro; y mejor si afirmamos querer disfrutar de la fiesta y de la cervezamás que de los museos. Está claro: los franceses se exilian por un tiempo para respirar algo que se parece a la vida de antes.

Pero esta búsqueda de libertad no es del gusto de todos en España. José Miguel Monzón Navarro, el famoso presentador del programa El Intermedio, se refirió irónicamente a « la invasión de los franceses », antes de añadir en nuestro idioma « Amigos de Francia, como decimos aquí: ¡largaos! ». Si el tono del programa es satírico, la exasperación de los españoles es, desde hace algunas semanas, muy real. Y el fénomeno ha pasado de ser una noticia a un hecho político. Monica García, líder de la formación de izquierdas Más Madrid, acusaba a la actual presidenta de la comunidad de Madrid, Díaz-Ayuso, de « extenderles la alfombra roja a las hordas de franceses que vienen aquí a emborracharse». En pocas semanas, « la elegancia a la francesa » ha dado paso a una banda de borrachos irrespetuosa. Nada más que eso.

 

España: el bar de Europa… ¿y qué?

Durante una conversación con algunos amigos españoles, me enteré de que tenían la sensación de que los franceses los despreciaban. A menudo se evoca el cliché del país del sur de Europa un poco pobre, un poco corrupto. « Un buen lugar para la fiesta, pero no tanto para las cosas serias », me comentó uno de ellos. Me pregunté si este reciente clamor anti-francés no era en útima instancia la expresión del rencor, legítimo en algunos aspectos. En realidad no lo sé, y creo que nunca podré obtener una respuesta.

Seamos honestos, España hace honor a su apodo de « bar de Europa ». Quizás incluso much más que eso. Con un bar o un restaurante cada 175 personas, la Península ibérica es el país con más establecimientos hosteleros del mundo. La plataforma « Juntos para la hostelería » quiso incluso convertirlos en Patrimonio de la Humanidad el pasado mes de junio. La información puede parecer insólita, pero es real. Y bien justificado.

En España, más que en cualquier otro lugar, los bares son un lugar de socialización. Para la hora del vermut, o para comer; tomar una caña entre amigos, con motivo de un evento deportivo, o para rehacer el mundo, los bares de España acogen cada día a millones de personas. No hace falta recordar la virtud de los bares en la creación de ideas nuevas, ayudando a nuestra sociedad a vanzar cada día : el « café Gijón » de Madrid es un ejemplo emblemático, donde las ideas liberales y europeístas fueron bien recibidas durante la dictadura franquista. Los bares son sinónimo de Libertad. Para las ciudades en las que permanecieron abiertos durante la segunda fase de la pandemia, como Madrid, nos recordaron a muchos de nosotros, huyendo de un confinamiento asfixiante, de un parecer de la vida anterior . España es un país de bares, sí. Un país de Libertades. Y no negó sus valores durante la pandemia, cuando muchos otros países rechazaron descarademente sus principios.

Tengo la sensación de que las hordas francesas lo han entendido. Y os tienen envidia. Nos disculparemos de todas formas por las molestias causadas.

 

Mattias Corrasco

Traducción: Nolwen Klop-Tosser

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