El medio de comunicación especializado en las noticias de España

EN DEFENSA DE LA VIOLENCIA

Para este ejercicio mental, imagínese durante un momento que soy una persona violenta. Como con todo, mi defensa de la violencia no aparece de la nada. Hay razones por las que decido volverme violento.

Empezaré reflexionando acerca de los sentimientos que me conducen por el camino del mal. Haré un breve listado: lo principal es la rabia, la ira, que a su vez se encuentra respaldada por el hartazgo, la frustración. Y por detrás, de alguna manera relacionada, percibo desilusión y desesperanza, que esconden la angustia, preocupación y ansiedad. Vayamos punto por punto, de abajo hacia arriba.

Noto la preocupación por mi futuro, la ansiedad y angustia de saber que el mañana no será sencillo. Soy una persona joven en España, país donde la cifra de gente desempleada llegó a ser 4.008.789 a finales de febrero, y donde la tasa de desempleo juvenil es ahora del 40% (aunque nada comparado con el 55% que hubo en 2013). Teniendo todas esas cifras en la cabeza, y el que los efectos destructivos sobre el empleo generados por la pandemia aún van a durar, no hay ganas precisamente de ser optimista, más bien no. Ya solo me faltaría que no fuera hombre, porque incluso peor lo tendría.  Viendo que por mucho que estudie, por mucho que me forme y me prepare, como se dice que debo hacer para tener asegurado  un buen nivel de vida; viendo que pese a todo si soy menor de 25 va a ser difícil que encuentre un trabajo que quiera de verdad, y no cualquier puesto precario donde puede que no cobre el salario mínimo siquiera. Viendo todo eso, lo que siento sin poder evitarlo es angustia, preocupación y ansiedad.

Luego todo esto pasa a ser desilusión y desesperanza, por lo dicho hasta ahora y porque encima se añade el abandono que percibo. Porque esta es una sociedad de demografía vieja, donde los menores de 25 representamos cerca del 10% de la población. Porque parece que no se nos da prioridad en la agenda política de nadie. Porque tras dos crisis de gran calado en los 20 años que llevamos de siglo poco más podemos conocer en esta generación. Porque sé que si he crecido en la “España vacía” no tendré más remedio que abandonar mi hogar. Y porque pienso en peores crisis que puedan llegar, y en todos los desastres que se anuncian y que pocos se toman en serio. Por todo esto, y porque ya no me creo que de verdad podamos cambiar a mejor, digo también que siento desilusión y desesperanza.

Paso así al hartazgo y a la frustración, que se explica por la sencilla razón de que aquí no se han cumplido muchas promesas, y el aguante tiene un límite. Todo lo de antes me hace pensar que la sociedad entera está contra mí, veo que no nos tienen confianza y acaba siendo reciproco. Se generaliza demasiado, y como los casos más llamativos de fiestas prohibidas durante la pandemia son lo que hacen la gente de mi edad, se piensa que toda la juventud somos irresponsables. Y cuando me culpan de algo que no he hecho, me fastidia; más si he sido un idiota que hizo caso y se quedó en casa como si no tuviera nada mejor que hacer. O me ningunean y me ignoran, o me criminalizan sin que nadie salga en mi defensa. Y así, poco a poco, me lleno de hartazgo y frustración.

Hasta que llega un momento en el que todo eso acumulado hace que explote de rabia e ira. Pienso que los de arriba se han reído de mí, y que no aguanto seguir callando. Quiero que se me oiga, pero me entero no sé cómo de que ahora reprimen la libertad de expresión. Sé que hay manifestaciones y voy a ellas; en verdad poco me importa el por qué, solo quiero protestar. Veo a los de mi alrededor destrozándolo todo, y me da igual, porque somos una multitud y yo soy parte. Comprendo que ya no hay otra forma de llamar la atención, de hacerles ver que aquí hay un problema gordo. Permito que se quemen tiendas, que se tiren piedras, que se ataque a la policía cuando ella nos ataca con más fuerza. Justifico mis acciones porque estoy muy enfadado y ante esto lo que hacen es enviar a la policía a que me detenga. Escucho los gritos y los disparos; veo las peleas y las detenciones. Siento así, con todo esto de ahora y con lo de antes acumulado, sobre todo y más que nada ira y rabia.

Al final, si imagino todo esto, me doy cuenta de que defiendo la violencia. Y no, no es que realmente crea que este extremo sea la solución, no es que en serio justifique el caos y el vandalismo. Solo quiero mostrar, con una cierta empatía, que todo lo que ocurre tiene sus causas. Y no saber atenderlas, dirigiéndose solo a la represión de las consecuencias, no logrará que los problemas de fondo desaparezcan.

 

Rodrigo García Fernández

Partager cet article

Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on email