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“EL PÁJARO AZUL”: CUANDO LA INFANCIA EXPLICA LA EXISTENCIA

Si tenéis ganas de escaparos de la vida cotidiana de la capital española, o también de la triste realidad sanitaria que estamos viviendo, esta obra es para vosotros. Desde el 3 de marzo y hasta el 21 del mismo mes, Alex Rojo pone en escena L’oiseau bleu (El pájaro azul) del martes al domingo en el Centro cultural Fernán Gomez. Esta obra, escrita en 1906 por el autor belga Maurice Maeterlinck nos ofrece un viaje alegórico durante el cual los espectadores siguen las aventuras de dos niños en busca del pájaro azul de la felicidad con poder de curación. Aunque esta obra parece ser un simple cuento para niños cuya imaginación puede ser a veces desconcertante, tanto la actuación como la puesta en escena nos invitan a pensar el mundo de otra manera, volviendo al espíritu inalterable de la infancia, el cual se parece bastante, de manera extraña, al del teatro.

 

Vivir de nuevo la ingenuidad de la infancia

La obra no es muy original a primera vista. Empieza como cada cuento para niños: en la víspera de Navidad, dos niños se preguntan cómo sería la vida de sus vecinos. De repente, reciben la visita de Bérylune, un hada anciana y extraña que les pide marcharse en busca del Pájaro azul para ayudar a su hija enferma. Encarga entonces a Tytyl y Mytyl, los hijos del leñador, que encuentren al pájaro tras darles un sombrero verde adornado con un gran diamante que les permite ver el alma de cualquier cosa. Se abre un mundo imaginario donde personajes extraños —pero no tan irreales— aparecen: el Pan, el Azúcar, la Luz, el Perro, la Gata, la Leche, el Fuego, el Agua… Los espectadores pueden entonces desconcertarse mientras el universo que se desarrolla ante frente a ellos impermeable a la realidad, ya que desvela un topos de la literatura juvenil sin originalidad ni particular interés.

Pero triste es el espectador que se conforma con el mundo visible, y este es quizá sea el sentido de esta obra: no conformarse con lo visible, o por lo menos descubrirlo y reexaminarlo. El teatro es ese espacio que hace visible lo invisible, que descubre lo que la vida cotidiana había cubierto por el paso del tiempo, la repetición y lo ordinario. Los ojos abiertos de par en par de los niños, sus reacciones de asombro y de fascinación ante el alma de las cosas se nos muestra como una riqueza. Vivir y revivir la ingenuidad de la infancia, esa es la sustancia de la obra, que se convierte en una verdadera oda a la vida cotidiana. La ingenuidad no debe entenderse como una implicación moral sino en su propia etimología proveniente del latín; en francés, naïf (ingenuo) es aquel que acaba de nacer, y esta inmediatez, esta pureza o este mero asombro no es tan censurable. El Pájaro azul no es solo un cuento para niños, es una oda que quiere agarrar de nuevo el espíritu de la infancia, conformándose con extraer lo imaginario de la realidad para extendarlo hasta el infinito. Mientras que nuestra sociedad esta « ficcionalizada » —entre el cine, el vídeo, las imágenes y las redes sociales— donde la imaginación ya no es un ejercicio de mente sino que se da como tal para ser vista y consumida, la realidad ordinaria parece entonces anodina y carente de cualquier rasgo de imaginación, capturada por  imágenes y pantallas. Pero no hay nada más poético que los objetos que nos rodean. La increíble actuación del Perro, interpretado por Lucas Ares, así como la del Pan nos permiten captar esta « ingenuidad » pautada  por una actuación cómica.

Tras la identificación del espectador con los niños, interpretados por Adrián Rico y Andrea Viña, una interpretación más que exitosa, el viaje alegórico hacia el Pájaro azul comienza. Este fantastico viaje por el País de los Recuerdos, pasando por el Palacio de la Noche, el Bosque, el Cementerio llegando hasta el País del Futuro , está dotado con un espíritu cómico, gracias a la puesta en escena de Alex Rojo. Esta búsqueda alegórica cobra entonces todo su sentido: captar la volatilidad de la felicidad mientras se busca este pájaro que no se puede encotnrar en ningún otro sitio.

 

Lo que la felicidad debe a la tragedia

A pesar del excesivo número de personajes y lugares atravesados durante la obra, la fluidez de las escenas sirve eficazmente al propósito y hace que la trama sea absorbente. La escenografía minimalista (una alfombra azul, una escala, algunas sillas y una jaula) así como el juego de iluminación de Victor Longas nos guían hacia lo que el espectador podría recordar de la obra: convertir lo ordinario  enextra-ordinario, lo banal en fantástico y lo real en maravilloso. ¿Esta búsqueda alegórica de la felicidad no esconde su contradicción intrínseca? Mientras que Tytyl y Mytyl buscan la felicidad en otra parte, ¿la felicidad no estaría en esta jaula que espera, y que  simplemente está en nosotros? Esta interpretación sería algo así como un aprendizaje básico de la vida, simplista y banal, inscribiéndose en la intención modernista de una concepción optimista de la vida. Sin embargo la originalidad de Maeterlinck es hacerla alegórica y simbólica, metamorfosearla. Mientras que estamos todos acostumbrados hoy en día a sumergirnos con naturalidad en un universo fantástico en el cine con el Mago de Oz, por ejemplo, la frescura de la escenografía de Alex Rojo, la fluidez de la interpretación y la intimidad de la sala nos recuerdan esta idea simbolista: encontremos de nuevo el espíritu de nuestra infancia, nos llevará al del teatro donde lo imaginario es mucho más fuerte que lo real. Incluso para encontrar tu felicidad.

Anaïs Ponsin

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