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“CRECERÁ LA SEMILLA DE LIBERTAD QUE PLANTO”

Pau Rivadulla, artisticamente conocido como Pablo Hasél, es un rapero comunista y antifascista de Lleida que se encuentra, como él mismo precisa, “encarcelado por denunciar injusticias y a sus culpables”.
Efectivamente, el 28 de enero de 2021 la Audiencia Nacional ordenó su ingreso en prisión, tratándose de una condena a dos años y un día de cárcel así como una multa de 37.800 euros. El contenido de la condena a Pablo Hasel es el siguiente : enaltecimiento del terrorismo, injurias a la Corona, delitos contra los sentimientos religiosos y amenazas no condicionales en sus canciones. El Ministerio de Justicia pretende excluir el contenido artístico del delito de libertad de expresión para que no tenga un castigo penal.

En este sentido, el grupo parlamentario de Unidas Podemos ha propuesto la derogación de los delitos de injurias a la Corona, contra los sentimientos religiosos, de injurias a las instituciones del Estado y de enaltecimiento del terrorismo. El pasado 16 de febrero, Jaume Asens presentó la petición de indulto total en el Ministerio de Justicia y una proposición de ley “de protección de la libertad de expresión” que implicaría la ansiada reforma del Código Penal. En definitiva, la firme libertad ideológica y artística.

¿Y a qué puede deberse este despropósito? ¿Cómo es posible que en 2021 ingrese un rapero en prisión en España por las letras de sus canciones? ¿Cómo es posible que España sea el país del mundo con más artistas encarcelados, superando a Irán y a Rusia? ¿Qué dice esto de nuestra supuesta “democracia primermundista” ?

 

La Transición: ¿papel mojado?

Detecto, al igual que muchos investigadores, historiadores y políticos una especie de proyecto de país inacabado, con unas instituciones y fuerzas del estado que a día de hoy todavía siguen contaminadas por el postfranquismo.
Se trata de un problema de fondo en el que algunas formas de la sociedad se habrían enrocado, mientras que la sociedad ha avanzado y amoldado al modelo democrático, ellos siguen en el 77. Algunas de las importantes élites sociales y económicas como la banca o el IBEX35 conservan el ramalazo franquista.
La ausencia de una “limpia de fondo” en altos cargos de la administración pública o incluso de la justicia provoca que los que condenaron a cárcel por manifestación, son algunos de los que hoy en día dictan este tipo de sentencias. Nicolás Poveda, el juez que ha condenado a Hasél, militó y se presentó a unas elecciones bajo las siglas de Falange. Es obvio que no se representa la imparcialidad y objetividad de la que presume el sistema judicial y que resulta imperativa.

Otro rapero llamado Valtonyc ya se vió forzado a exiliarse para evitar la cárcel por motivos similares en 2018. Sin embargo, Pablo escoge no ceder ante la posibilidad de exilio como sí hizo Valtonyc, puesto que su encarcelamiento representa una reivindicación social que podría provocar cambios reales. Elegido por la élite como cabeza de turco para limitar al resto de artistas españoles, la sentencia se traduce como una amenaza contra nuestra valiosísima libertad de expresión.

Se abre el amplio debate de la normalidad democrática así como de los límites de la libertad de expresión en nuestro país.

El desafío de la libertad de expresión en España

El silencio social deseado por las políticas del miedo es el mismísimo cáncer y la última condena moral en la que se regocija un sistema corrupto manejado por los grandes poderes económicos, políticos y mediáticos. Lo suficientemente alienada está nuestra sociedad como para ser testigos de algo así y no escandalizarnos.

¿Cómo es posible tener esperanza en el progreso democrático de una sociedad que condena a prisión a un artista, casualmente antifascista, por las letras de sus canciones?

La cuestión es que el grado de acuerdo o desacuerdo que cualquiera manifieste por sus letras, es lo de menos. Se trata de que Pablo Hasél y el resto de artistas, como seres humanos exentos del privilegio de inviolabilidad del que gozan algunos cargos públicos, sean libres de desarrollar su arte y su expresividad sin barreras judiciales.

La noticia del encierro de Pablo Hasél en el edificio del rectorado de la universidad de Lleida el 15 de febrero para no ingresar en prisión se extendió por algunos de los principales medios internacionales. Insisten en la división que este caso provoca en España, además de enfatizar en la imagen negativa de España al ser comparada con Marruecos y Turquía en términos de no respeto de los derechos humanos. Periódicos como Le Figaro e instituciones como Amnistía Internacional ponen en duda la actuación del Estado español ante el encarcelamiento del rapero. Además, insisten en que el Código Penal español no cumple con los estándares internacionales de DDHH sobre la libertad de expresión.

 

© Quim Sosa

Paralelismos e hipocresía

Pablo Hasél es a día de hoy el primer rapero encarcelado en Europa. Esto ocurre dos días después de que Rodrigo Rato salga de la cárcel y un día después de que la Audiencia absuelva el ‘caso Máster’ de Cristina Cifuentes. También resulta curioso que esto suceda tan solo unos meses después de que salieran a la luz los mensajes del célebre grupo de Whatsapp de los antiguos altos mandos del ejército en los que se manifestaba una voluntad de “aniquilar a 26 millones de españoles”.

Pero el paralelismo más evidente ocurre el 15 de febrero, día del fin del plazo de ingreso en prisión para Pablo Hasél y el día que tuvo lugar una concentración nazi de la División Azul en Madrid en la que se manifestó explicitamente el odio hacia el judío. La inacción frente a un delito de odio de ese calibre supone de nuevo un blanqueo del enaltecimiento al fascismo. Una vez más, el silencio ante estas graves declaraciones empobrece la salud de nuestra democracia.

Las intenciones de algunos sectores son claras : escandalizarse y abrir el debate del enaltecimiento al terrorismo de manera oportunista. Se trata de una estrategia para sofocar la libertad de expresión en su nombre.

Tanto la plataforma Llibertat Hasél como el propio Hasél denuncian la brutalidad policial presenciada en las manifestaciones en defensa de la libertad de expresión. Decenas de manifestantes habrían sido detenidos y agredidos mientras un mensaje unilateral se repite : “hay raperos en la cárcel y fascistas en la calle”. También denuncian la “criminalización” a la que se exponen, que supuestamente resulta de un montaje policial y una operación de Estado. Esto ocurre mientras el debate en torno a nuestras libertades es candente, de igual forma que la respuesta ciudadana.

¿El despertar social que lo cambie todo?

Se trata del ansiado despertar social de una ciudadanía que, harta de ceder ante estos abusos de poder y estas injusticias permitidas por la ley grita que ya basta. Que la libertad de expresión, y aún más en el ámbito artístico es intocable y sagrada. Que no se trata esta vez de diferencias ideológicas sino de derechos propios de cualquier democracia sana de Occidente.

Se exige una respuesta a la constante vulneración de derechos fundamentales en nuestro país.

 

PILAR AUSENS

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