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LEY CELÁA: AVISO PARA NAVEGANTES

Cada vez que escribo en castellano soy consciente de que en parte asumo una negación de mi identidad. Podría no darle importancia, entenderlo sin que me fuera contradictorio y escribir tranquilamente sabiendo que no me es propio. Pero para no caer en una banalización de mis palabras, quiero mostrar que esta impropiedad de la que hablo no es fortuita, sino que la ejerzo desde una conciencia lingüística. Si es la primera ocasión que escuchas el término de conciencia lingüística, puede que sea un buen síntoma de que tu lengua goza de buena salud. Pero no es mi caso. Porque mi idioma, el català, hace años que se muere.

Al hablar de muerte podrías pensar que una lengua tiene características biológicas, que sigue un curso natural, como hicieron el igual el latín o el hebreo, y que este termina con su muerte. De afirmar esto ya advierto que nos estaríamos engañando. Las lenguas no tienen un carácter natural, no tiene esas características. No son seres vivos, las circunstancias que las hacen perecer o empedecer no son bióticas, aunque cabe decir que hay casos de lengua que mueren por fenómenos ambientales. La mayoría de los procesos que dan muerte a las lenguas en peligro de extinción son causados por efectos estrictamente políticos. Por lo tanto, creo que debo que ser mucho más severo que con un de mis afirmaciones anteriores. El català no se muere, lo están matando.

Con la inminente posibilidad de la implementación de la octava norma educativa de la democracia española, la llamada ley Celaá, se ha abierto ‒nuevamente‒ la discusión en torno a la “vehicularidad” del castellano dentro del Estado. Que la derecha española se quiera arrancar los pelos de la cabeza diciendo que la eliminación del castellano como lengua vehicular es una exclusión a la oficialidad y sentido propio de la lengua no es de extrañar, el nacionalismo español tiene estas cosas. Para algunas cosas son la segunda lengua más hablada del mundo y para otras parece que el castellano viva ataques constantes y que este en grave peligro. Necedades aparte, que la izquierda tampoco se tire flores, pues no son pocos los que compran el relato de que el castellano está en peligro en Cataluña. Tal vez sean los mismos que interponen su mediocridad por encima de los derechos lingüísticos de los catalanes. Para que quede clara mi opinión caso más lejos aún del català, la nueva ley creo que servirá de poco para garantizar la salud de las lenguas de España.

Aunque lo que me traigo entre manos para este artículo poco tiene que ver con cuestiones legislativas, que creo que son vacías y no solucionan para nada el problema de fondo, creo que hablar de “lengua vehicular” o de derecho a “recibir enseñanzas” en el debate sobre la inmersión lingüística en Cataluña, aparte de no llevarnos a nada, es que encima pone el foco en otro lado.

Han pasado ocho años desde que el exministro Wert dijo su célebre e imperialista frase: “nuestra intención es españolizar a los alumnos catalanes”. No han sido pocos los momentos en la historia de la nación española en que se ha intentado destruir el català. Wert sabía perfectamente el valor de la lengua en la construcción de la identidad catalana, sea independentista o no, y también sabía la impunidad que tenía al decir tal aberración. Desde la anecdótica historia de la Bíblia Valenciana, pasando por otros hechos protagonizados por la Inquisición; el Decreto de Nueva Planta de Catalunya en 1716; la prohibición de la enseñanza en català a los niños mallorquines a mediados del siglo xix; la paliza que recibió Gaudí durante el régimen de Primo de Rivera en 1924 por dirigirse en català a la policía; o hasta la prohibición, persecución e intento de aniquilación sistemática de la lengua durante el franquismo, el català ha sido siempre terriblemente coartado.

Pero de llenos en el siglo xxi, con todo esto formando parte de una historia que algunos quieren hacernos olvidar a golpes, el nacionalismo español, forjado a fuego sobre una idea colonial de la lengua común ‒y otras perspectivas fascistoides‒, parece haber encontrado en el curso cultural de la globalización el mejor aliado para no tener que afrontar la incomodidad que le supone no poder aceptar que su historia está construida a partir de territorios que, en mayor parte, no se sienten partícipes de él. Si a todo mapa le sumamos la irrupción de Ciutadans en el parlamento catalán, partido anticatalanista que siempre ha hecho uso casi de forma total de la lengua castellana en el Parlament y además ha atizado siempre con la idea de dudar de que el català sea lengua propia en Cataluña, el nacionalismo español parece haber encontrado otras maneras de hacerse un hueco en Cataluña. Y si además le sumamos también que ciertos sectores políticos catalanes han abandonado la lengua para atraer votantes a su proyecto, como si la lengua hiciera la política, el síntoma de la lengua no puede ser más crítico.

Pero volviendo un poco atrás en el texto nos encontramos con ciertos rasgos que se han quedado inmersos por este sendero. Seguramente sin ninguna mala fe, con la deteriorización sistémica del uso de la lengua catalana esta se ha inscrito en una idea de idioma provinciano que no tiene utilidad, pues se enmarca en estructuras del Estado que se ven como coercitivas para la nueva derecha: sea la educación pública, la entrada laboral hacia funciones públicas, los hospitales públicos, las universidades públicas, etc. Para el proyecto neoliberal, que aclama a los grandes idiomas como imperativo para construir un proyecto de vida en la sociedad actual, el català no se entiende como una lengua de importante cohesión social, de vínculos afectivos, de construcción de proyectos, como una lengua que por ser minoritaria hay que tener afecto con ella. Me gustaría pensar que no es porque es difícil que sea una buena mercancía. Pero talvez son cosas de la miopía y poco a poco, y desde edades más tempranas, el català lo van vistiendo con la ideología de ser una lengua que sólo sirve para una minoría, curiosamente la gente que se siente catalana y que curiosamente es la misma que siempre tiene que justificarse de porque se siente catalana. Síntomas más de la democracia hispánica.

Desde una perspectiva de ecología lingüística estas políticas y factores culturales hegemónico-dominantes que arrastramos acaban por provocar una diglosia que favorece siempre a la lengua dominante. A los hablantes, con el desamparo de las instituciones catalanas que son incapaces ‒por electoralismo o falta de conciencia lingüística‒ de fortalecer la lengua propia, sólo nos queda hacer el esfuerzo individual de practicar nuestra lengua, de crear espacios y hacer cultura de ella, sobre todo nos toca no dejar de hacer uso de la lengua catalana, de invitar a la gente que la aprenda; pues es el patrimonio histórico que nos hace ser, que nos da una cultura y unas características de identidad y que nos ayuda a la creación de conocimiento, arte, establecimiento de vínculos humanos y a dar sentido de comunidad y prosperidad a nuestras vidas.

Ah, si alguien viaja a Cataluña que no se moleste si los catalanes le hablan en catalán, si quieran usar su idioma. Ah, y tranquilos que, si hay dificultad al entendernos, ya mediaremos solución con otra lengua.

 

Gerard Pujadas i Serra

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